Programa Zar EL: una experiencia inolvidable

Por Jaime Manuschevich
 

 

Cuando escribo, por lo general no lo hago en primera persona. No estoy acostumbrado, y de alguna forma no me parece que quien observa o relata un hecho sea el protagonista de lo que ocurre, sino que es mas bien un simple testigo. Pero esta vez creo que es imposible hacerlo de otra manera, ya que deseo justamente trasmitir mis sentimientos y emociones.

Hace unos pocos meses atrás, en julio, participé en un programa de tres semanas como voluntario en el Ejército de Israel, llamado Zar- El, a raíz de un llamado que se hizo en la prensa comunitaria. La inscripción en él lo hice directamente en la oficina de Alia de la Agencia Judía. El trámite fue relativamente simple, porque bastó entregar mis datos, fijar una fecha para la estadía y proporcionar un Certificado de Salud firmado por un médico. Luego, esperé la aceptación de mi postulación y los datos del lugar y el día donde tenía que presentarme.

Quizás la respuesta a la interrogante de por qué me interesé en participar en este programa es una de las más difíciles y la vez, de las más simples de contestar: sentía que tenía el deber moral de hacer algo más de que normalmente hago por Israel y por la causa judía-sionista. No me sentía bien conmigo mismo, ya que todos los judíos de la Diáspora tenemos una situación de privilegio con respecto a los israelíes; podemos de alguna forma evadir ciertas responsabilidades y evitar estar en una situación de mayor riesgo y de mayor sacrificio personal. No quería hacer uso de ese privilegio. Consideré que participar en este programa de voluntarios era una forma mínima de sentirme mejor conmigo mismo y aportar en algo concreto en estos momentos de extrema necesidad para Israel. También mostraría a mis hijos que mi compromiso con Israel es no sólo discursivo o de palabra, a lo cual los chilenos somos muy propenso, sino también práctico. Mi esposa, y mis hijos asumieron mi decisión sin decir una palabra en contra, aunque quizás con algo de temor que no expresaron.

Así, el día 23 de junio me presenté en una oficina de Zar-El en Tel Aviv, después de cumplir con otras actividades, todavía acongojado por la serie de atentados que había ocurrido días antes, entre ellos el horroroso ataque al bus con escolares de Giló, que me sorprendió en las oficinas de Keren Hayesod de Jerusalem. Volviendo al tema principal, en aquella oficina fui amablemente acogido por los soldados y soldadas no mayores de 23 años, junto a otro voluntario norteamericano. Revisaron mis datos, y luego de un par de horas de espera, estaba en camino a la base a la cual me habían destinado: Home Front en Ramla.

El lugar era sorprendente. Había más de 50 voluntarios de muchos países: australianos, brasileños, norteamericanos, sudafricanos, franceses, holandeses, noruego, rusos, belgas, y yo, el único chileno y el único hispano parlante. En la primera tarde me asignaron un dormitorio, me entregaron el equipo y el uniforme, me mostraron el lugar y me presentaron a los javerim, y finalmente me dieron a escoger el trabajo que ejecutaría. Como yo estaba dispuesto a cooperar de la forma que fuera, incluso manteniendo el aseo o haciendo la comida si era necesario, el primer trabajo no me sorprendió: pintar casco para tanquistas, que era obviamente el menos calificado. Luego, con los días, iría "ascendiendo" para llegar al trabajo más especializado como armador de componentes electrónicos para los cascos de combate. La jornada laboral comenzaba invariablemente a las 6:00 A.M., luego el desayuno a las 7:00, a las 8:00 teníamos que formarnos para el izamiento de la bandera, para estar a las 8:15 en nuestro puesto de trabajo, como todo jobnik, que es el nombre que le dan a los soldados que trabajan en el respaldo a los soldados de combate. A las 10:30 de la mañana había un break de 15 minutos, luego, el almuerzo entre las 12 y la 13; un nuevo descanso a la 15:30 para finalizar la jornada a las 17 horas. Sin embargo hubo días que esta rutina se quebró porque tuvimos que realizar otras actividades que eran indispensables para dar respaldo a los soldados que estaban en los "territorios" -Cisjordania- tales como preparar raciones alimenticias, o algún otro suministro urgente.

En las tardes, finalizada la labor, se hacían charlas sobre algún tema en particular. Luego, en la noche, se conversaba en los distintos grupos, se contaban chistes, se fumaba; algunos leían y obviamente no faltaba quiénes se entretenían con algún juego de salón, o escuchaban música, o veían televisión. Ocasionalmente, se organizaba un grupo para ir al "pueblo" para despachar correo o comprar alguna vitualla o simplemente pasear un par de horas. Yo me dedicaba a hablar con los soldados y soldadas, tratando de aprender hebreo y formarme opinión de lo que sentían y pensaban ante lo que ocurre. Las soldadas estaban particularmente interesadas en hablar conmigo, no por afanes sentimentales, ya que ellas eran muchachas entre 18 y 23 años y yo justamente cumplí 50 años allí en esos días, sino por fines muy prácticos: las telenovelas latinoamericanas están de super moda en Israel, y como éstas son habladas en español, hay una gran cantidad de mujeres que considera "romántico" hablar este idioma. Y como yo era el único voluntario que lo hablaba en la base, era el profesor perfecto, muy a la mano y a cero costo. Esta inentendible actitud de las muchachas generaba cierta envidia de los jóvenes voluntarios europeos o americanos, que no veían cuál era el atractivo de un cincuentón algo calvo y subido de peso. Yo me ría y les decía que la victoria del español sobre el inglés se impuso hace unos años atrás con la famosa frase "hasta la vista baby" de "Arny" Pero así es la vida. Asimismo, aproveche varias veces este tiempo en actividades menos frívolas, entrevistando formal y seriamente a algunos soldados sobre como viven la situación. Igualmente usábamos ese tiempo del anochecer para resolver algunos problemas administrativos, decidir a dónde iríamos el fin de semana, autorizar visas que se vencían, ver confirmación de pasajes, de hoteles y hostales, etc. Todo este trabajo administrativo lo hacía Natty, "nuestra madrija", una soldada pequeñita y rubia de 22 años, que se veía como una muñequita con un M-16 al ristre, cuyos padres vinieron de Argentina, de una simpatía y calidez a toda prueba, que se movía constantemente con 2 o 3 celulares en mano, hablando a lo menos en 4 idiomas: hebreo, inglés, portugués y español, escuchando y resolviendo los 150 problemas diarios -"3 por cada uno" decía- que le generaban los 50 voluntarios presentes.

Estando en la base, el gran evento fue "la final" del Campeonato Mundial de Fútbol, donde se enfrentaron Alemania y Brasil. Entre los voluntarios no había alemanes, pero sí una importante delegación de Brasil. Y como la mayoría de los soldados y oficiales de la base, por no decir prácticamente todos, estaban con los brasileños, éste fue un gran evento, con pantalla de televisión gigante, con bebidas y picadillos, con autorización para ausentarse del puesto de trabajo y con brasileños legítimos encabezando la "torcida", con banderas, gritos y pitos. Cuando finalizó el partido con la victoria de Brasil, creo que el griterío se escuchó hasta Ramalla, a 12 kilómetros al este en línea recta. Los brasileños celebraron y bailaron toda la tarde, ante los atónitos ojos de europeos e israelíes. No comprendían tanta pasión por el fútbol.

Para los fines de semana, que comenzaba el jueves en la tarde y finalizaba el sábado en la noche, existían varias opciones, que dependían del bolsillo del voluntario. Con el fin de hacer turismo, los más poderosos podían ir a hoteles en su lugar de preferencia, y los menos poderosos podían alojar en hostales para soldados, que garantizaba 3 comidas diarias y una cama con sábanas limpias a cero costo. Por último, aquellos que querían realmente descansar o que habían agotado sus reservas, se podían quedar en la base, donde había cama, comida y conversación gratis. Yo en las tres semanas que estuve, hice uso de las todas estas opciones: fui a Eilat a un hotel (barato), a Tel Aviv al hostal de soldados y el último fin de semana me quedé en la base. Ya estaba agotado y requería reponer algo de fuerzas antes de emprender el regreso.

Las recepciones y despedidas eran emocionantes, porque si bien habían constantemente alrededor de 50 voluntarios, no significaba que no rotaran. Todas las semanas se iban voluntarios y llegaban otros nuevos, algunos muy expertos en el sistema y otros primerizos. La ceremonia de recepción, entrega de presillas y escudo de la unidad tenía su formalidad, que era cumplido con vigor, pero también con buen humor. Las despedidas también tenían su formalidad, ya que cada uno que se iba recibía un certificado de participación del programa, con fotografía incluida, a vez que había palabras especiales de loas personas cargo. Cuando me tocó el turno de irme, me parecía que había convivido con todos los voluntarios un largo período de tiempo, quizás por la intensidad de la experiencia. Lo militar no me es ajeno, y aunque este programa no lo es y no es comparable en términos estrictos, la experiencia de vivir tan cerca y de una cierta manera similar a lo militar, se crean lazos y recuerdos para siempre.

Para mí fue una experiencia inolvidable que me creó vínculos mucho más profundos con Medinat Israel y con la gente que hace que este milagro diario sea posible.

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